La política marcial de los leones - Parte II

La guerra entre Juana de Castilla e Isabel I de Castilla, la Católica (1475-1479)

En la segunda mitad del siglo XV, cuando reinaba Enrique IV, con anterioridad a la unificación de los reinos que conformarían España, tuvo lugar en Castilla una guerra civil que determinó el destino del país y que ahora nos servirá para ilustrar la comparación que se ha hecho y explicar en qué falla. 

Las contrincantes fueron dos: Isabel, hermana del rey, apoyada por una coetánea revolución nobiliaria y por el reino de Aragón (cuyo príncipe, Fernando, era su marido); y Juana (mal llamada “la Beltraneja”), hija del rey, apoyada por la nobleza privilegiada durante el reinado de su padre y por el reino de Portugal (del que era infanta su madre y rey su tío-marido). A la muerte de Enrique IV, tía y sobrina lucharon por el título de reina durante años, implicando a varias naciones, ciudades y familias de nobles, y provocando batallas encarnizadas con graves consecuencias. 

Faltaron así a algunos de los aspectos que hemos considerado envidiables de los enfrentamientos animales, pero respetaron otros. Por ejemplo, el resultado del conflicto, la victoria de Isabel, fue claro y duradero, pues contaba con mayores apoyos y una mejor estrategia política. Además, la integración de los vencidos fue ejecutada correctamente, con la salvedad del personaje de Juana de Castilla, que sí sufrió innúmeras vejaciones y a la que la historia ha tratado mal. 

Llegados a este punto, nos quedaría por evaluar el requisito más interesante, el que denota un fallo importante en la comparación y sobre el que estribó verdaderamente la guerra castellana: la legitimidad. A diferencia del resto de los seres vivos, que viven sujetos únicamente a las normas que imponen a rajatabla las fuerzas evolutivas, los seres humanos valoramos otras cuestiones que no tienen en cuenta -al menos, aparentemente- la reproducción de nuestros genes. Por ello, mientras la legitimidad de los líderes de los leones es simple, perpetua y se basa en su fuerza, su agilidad o sus niveles de testosterona, ya que se busca el macho que vaya a defender mejor a la manada y garantizar la supervivencia de los cachorros; la legitimidad de los líderes humanos es compleja, sus bases son difusas y va cambiando con el tiempo y el espacio. Por lo que no es raro ver que ha habido y hay múltiples debates en torno a este factor. 

Por aquel entonces, los reyes y las reinas en Castilla se legitimaban en base a su sangre; es decir, heredaban el poder de sus familiares, con preferencia de los primogénitos. Para ello, previamente la Iglesia Católica, como organismo internacional de referencia, debía reconocer los matrimonios como canónicos y debía demostrarse, por medio de técnicas medievales, que los sendos descendientes eran fruto de la consumación de dichos matrimonios, y no de otras relaciones extraconyugales. Esas eran las reglas de oro y toda toma de posesión del poder que se hiciera cumpliéndolas era considerada legítima. Por el contrario, si esas condiciones no se cumplían y aún así se imponía un jefe de estado, se consideraba un reinado tiránico, moralmente inaceptable, el equivalente actual a un golpe de estado. 

En este sentido, un reinado de Juana de Castilla no hubiera sido legítimo; dado que, a causa de la mala gestión del conflicto por Enrique IV, las dudas sobre la canonicidad del matrimonio de sus padres y sobre su concepción eran compartidas por gran parte del reino; aunque posteriormente hayan sido esclarecidas por historiadores a su favor. De ahí, y gracias a la propaganda política de los Reyes Católicos, el apodo de su padre, “el impotente”, y el suyo propio ,“la Beltraneja” (en referencia a Beltrán de la Cueva, un noble de confianza del rey). El quid de la cuestión está, por tanto, en que el resultado de la guerra no fue un gobierno ilegítimo, las reglas no cambiaron, y el liderazgo de Isabel I se alcanzó respetándolas. Incluso décadas más tarde, tras la cesión que hizo Juana de sus derechos sucesorios a un rey portugués y gracias al matrimonio entre Isabel de Portugal y Carlos I de España, se ataron todos los posibles cabos sueltos.

Esto nos demuestra que esas condiciones para que un liderazgo no sea tiránico no son inventadas por los aspirantes a líder, ni éstos las pueden cambiar. Las reglas para la legitimidad vienen dadas y -de cambiar- lo harán por otros medios y lentamente. De forma que, si cumples estos requisitos deberás trabajar constantemente por mantenerlos y que sean reconocidos para no perderlos y, si no, no hay otra solución posible que la digna espera o el exilio, al igual que en el caso de los leones. Y es en este punto, cuando encontramos la oportunidad de analizar el siguiente evento.