La Guerra Civil Española (1936-1939)
Al hablar de este conflicto, no daremos tantos detalles históricos como en el anterior, puesto que, por su cercanía cronológica, suponemos que son conocidos. Tan sólo dedicaremos este espacio a utilizar la misma vara de medir que hemos empleado en el caso anterior para determinar cuán mala fue esta lucha por el poder; sabiendo de antemano que todo lo que se diga para condenar este episodio será poco.
Empezamos pues preguntando a los lectores y a las lectoras ¿El enfrentamiento afectó a un sector reducido de la población?¿La duración fue mínima?¿Los daños fueron mínimos? Como sabemos, la respuesta a estas tres preguntas es taxativa y hasta puede evocar dolorosos recuerdos familiares: “no”.
Continuando, el resto de criterios, de mayor complejidad, los analizamos explícitamente. Para comenzar, tratamos la cuestión de la legitimidad. En la altura en la que se desarrolló la Guerra, España era una república, régimen que se había instaurado de forma relativamente progresiva y legítima, es decir, sin que ninguna de las partes implicadas en la transición hubieran cambiado las “reglas” preestablecidas para hacerse con el poder. Por ende, en aquel entonces existían unos requisitos, al igual que el haber heredado la corona a través de un matrimonio canónico en el caso de Isabel, para hacerse con el liderazgo, que eran -básicamente- presentarse a unas elecciones y ganarlas.
Podemos decir que los que ostentaron la dirección del país descuidaron el mantenimiento de su legitimidad, como le sucedió a Juana de Castilla, suscitando dudas sobre si todavía cumplían o no con las condiciones para poseerla, esto es: el apoyo del electorado. Sin embargo, lo que hubiera procedido en ese caso, y siguiendo el esquema que vamos dibujando hasta ahora, hubiera sido la afloración de una oposición adormecida; no la imposición de un gobierno que conforme luchaba por el poder cambiaba las reglas para alcanzarlo y se imponía mediante la fuerza, lo que anteriormente hemos calificado de tiránico o golpe de estado, y como en efecto fue. En este sentido, se estableció un gobierno ilegítimo, el de la Dictadura, que, al no contar con una base natural que lo justificase, hubo de imponer todas sus medidas.
Pasamos a comentar los otros aspectos restantes, aunque adelantamos que, no habiendo respetado el marco de legitimidad que posibilita la bondad de una lucha por el poder, es fácil que todo eso que hemos considerado envidiable en el caso de los leones se cancele, como sucedió. Sin ir más lejos, la integración de los vencidos, ni siquiera pretendida, fue nefasta; un ejemplo negativo a nivel internacional, cabe decir. Hasta hoy en día, casi un siglo después, podemos comprobar con repulsa cómo todavía existen diferencias entre los descendientes de ambos bandos, privilegiados los nacionales sobre los republicanos.
Por último, nos queda un criterio que analizar, uno que constituye una especial paradoja y que se nos presenta en el siguiente interrogante: ¿el resultado fue claro y duradero? Claro fue, no cabe duda; ¿pero fue duradero? Para responder con rigor deberíamos conocer la fecha en la que terminó el régimen instaurado tras el conflicto. ¿El final de la fase de autarquía? ¿La muerte de Franco?¿El cúlmen de la Transición?¿El comienzo del reinado de Juan Carlos I?¿El primer gobierno democrático? Es confuso, incluso habrá quien se pregunte -y con razón- “¿Ha terminado?”. Cualquiera que sea la respuesta a esta pregunta o cualquiera de las fechas anteriores que escojamos, parece que podemos asegurar que sí que fue relativamente duradero.Y es lo comentado en este párrafo lo que parece anómalo, teniendo en cuenta otros ejemplos de la historia nacional e internacional.
Tratándose de un liderazgo tiránico, que tomó el poder tras una lucha que podemos calificar -basándonos en lo analizado- como pésima, parece extraño que haya durado tanto y que no podamos encontrar un momento claro en el que se desbanque al líder (incluso habiendo muerto), se abolan las medidas impuestas por éste y se retome el marco de legitimidad natural que quedó abandonado. Deberíamos todos y todas reflexionar hasta dar con el porqué.
Del sabio ejemplo que nos ofrecen nuestros estimados leones, que se rigen inevitable e inconscientemente por la fuerzas evolutivas, hemos podido sustraer una serie de características con las que tendrían que contar las luchas de poder si pretendemos -como los animales- minimizar los daños. Esto es: implicar al menor número posible de contrincantes, efectuarla en el menor tiempo posible, minimizar las pérdidas, procurar la perdurabilidad, integrar a los vencidos y respetar las “reglas del juego” preestablecidas.
Sin embargo, y aunque no por ello hay que despreciar el aprendizaje que podemos hacer de la naturaleza, como se ha señalado más arriba, esta comparación encuentra su límite en la última característica mencionada. Y es que, a veces los seres humanos sí necesitamos cambiar dichas “reglas del juego”, porque sobre los seres humanos -a veces por fortuna y otras por desgracia- actúan otras fuerzas que no son las evolutivas. Cómo cambiar aquello que hace que un liderazgo sea legítimo es otro tema, tan importante como éste, que merece una reflexión aparte. De momento, nos contentaremos con saber que es poco oportuno, por no decir poco inteligente, intentar hacerlo cuando se pretende acceder al poder, porque entonces se corre el riesgo de faltar a los otros preceptos.
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